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UNA NUEVA VELADA EN EL CINE URGELL, DOMINADA POR EL CUERO DE LOS DUROS SLY Y DAFOE, Y POR ESA PRIMAVERA BARCELONESA QUE YA DEJABA NOTAR SUS TEMPLADAS TEMPERATURAS MIENTRAS ABRAZABA AL PÚBLICO ENTRANTE CON ESOS TONOS IRISADOS DE ATARDECER CINEMATOGRÁFICO.
El pasado 24 de mayo tuvo lugar una nueva sesión de Phenomena en el marco del cine Urgell. Mientras entraba el público, no tan numeroso como en otras ocasiones, reparamos en el hecho de que todavía no era de noche. Esa luz vespertina tan especial de Barcelona y del litoral catalán cuando ha llegado la primavera, con esos matices mágicos tan cinematográficos, tan propios de "la noche americana", siempre me ha parecido que incrementa la expectación ante cualquier evento. Incide positivamente en el ánimo, y lo sentimos en aquel momento.
Pero, ciertamente, iba a ser una noche inusual. Por de pronto, Nacho, tan dado a toda suerte de explicaciones y anuncios respecto de todo cuanto ha de venir, se limitó a saludar, desearnos una agradable velada, enarbolar la bandera de este tipo de cine que da cuerpo al acontecimiento desde hace año y medio, y poco más. De tal modo que lo único que podemos avanzar es lo que de seguro todo el mundo ya sabe, pues está anunciado en el site de Phenomena, es decir, que el próximo 8 de junio las películas a visionar serán Flash Gordon (1980), de Mike Hodges, y la genuina Conan el bárbaro (1982), del «ínclito» John Milius.
Y tras todo lo dicho, se hizo la oscuridad, y aparecieron los primeros y preceptivos tráileres de filmes de serie «z», algunos en verdad marcianos, algo «psicotrópicos» a decir de Nacho. Tomad nota, cinéfilos empedernidos: el esperpento ¿Dónde te escondes, hermano? (1982); Agua azul, muerte blanca (1971), un aparatoso documental previo a Tiburón (1975), cuya aparición corrió paralela a la distribución de todo un best seller: "Jaws", de Peter Benchley, que años después Spielberg adaptaría; y el inefable film La caliente niña Julietta (1981), una de destape con el sello Iquino.
Y a renglón seguido vino el prometido Stallone: Cobra, el brazo fuerte de la ley (1986), bajo dirección de un irreconocible Georges Pan Cosmatos. La cinta viene a ser una versión plana del «Harry el sucio» de Eastwood. También aquí Sly es un policía que no se adapta a los métodos establecidos, y se erige como solución final ante la incapacidad del departamento de policía para poner fin a determinados delincuentes y fechorías. Sus métodos son rudos, se toma la justicia por su cuenta (el bueno que actúa implacablemente en nombre de cierta idea consensuada de justicia cuando ésta no asoma), y no está bien visto ni por compañeros ni por superiores. El rostro inexpresivo y algo melancólico del actor contribuye a dotar al personaje de un curioso aire inocente, casi de vecino de al lado, que hace que cuando ha de repartir hostias impacte en el público. Después de un primer episodio en un supermercado donde se ha atrincherado un descerebrado que mata irracionalmente (aunque hay leves connotaciones que apuntan a una clara patología sociópata), la historia se centra en el enfrentamiento contra un grupo de serial killers que se creen llamados a un remozamiento sui generis de toda la sociedad en pos de una idea pareja al superhombre nietzchiano. Efectivamente, se trata de una bêtise absoluta, un McGuffin descarado sin ton ni son para desplegar una serie de situaciones estilo "solo ante el peligro", donde el máximo interés reside en ver cómo Sly machaca con efectividad a todos y cada uno de los energúmenos, hasta llegar, claro está, al bruto numero uno, que se resiste algo más, en una fábrica de fundición que recuerda demasiado la secuencia final de Terminator (1984), un recurso, por lo demás, harto plagiado.
Cobra no es un buen film, está a años luz de Rocky, o incluso de Acorralado, pero con la distancia que nos separa de su momento, podemos reírnos «con ella», y no únicamente «de ella». De hecho, la cinta no está exenta de petites boutades, como que el verdadero nombre de "Cobra" sea Marion (usualmente para mujeres), que no es sino el verdadero nombre de John Wayne, quien se dice iba a encarnar antes que Eastwood a "Harry el sucio". Por cierto, ¿por qué Cobra se pasa el metraje criticando la mala alimentación de los demás cuando él mismo se agencia un buen trozo de pizza? Por lo demás, la sosería de la cinta se incrementa más si cabe si tenemos en cuenta que su partenaire femenina es la también marmórea Brigitte Nielsen, ¡casada con Sly! La cual ejerce de segunda excusa argumental, siendo la persona a proteger de ese clan depurador que la ha tomado con ella.
Y tras el descanso, una nueva tanda de tráileres psicodélicos: El guerrero del mundo perdido (1983), de David Worth, cinta con héroe motorizado en mundo distópico no casualmente a lo Mad Max (1979), en la que sólo una necesidad alimenticia puede justificar la presencia de un actor de la talla de Donald Pleasence. Y El anticristo (1974), de Alberto de Martino, película italiana que recluta viejas glorias como Mel Ferrer y Arthur Kennedy, y que recrea un caso de exorcismo bajo la larga sombra de El exorcista (1973), estrenada un año antes.
Walter Hill nos trajo luego Calles de fuego (1984): «Una fábula de Rock & Roll», advierte un cartel nada más iniciarse la cinta. El título remite a una canción de Bruce Springsteen. Efectivamente, Hill, ayudado por el coguionista Larry Gross, opta por un esquema simplón próximo a los códigos del western, en un mundo que diríase paralelo, donde impera la ley del más fuerte pese a transcurrir aparentemente en unos años 50 intemporales. Una banda de malos, comandada por Raven Shaddock (un magníficamente caricaturesco Willem Dafoe), rapta a la catante pop Ellen Aim (Diane Lane) en plena actuación en un local nocturno con miras a satisfacer las apetencias carnales del líder. Poco después aparece Tom Cody (Michael Paré), antiguo compañero de Aim y un trotamundos nato, diestro en armas y puños, quien aparentemente por dinero (la pareja se rompió mutuamente el corazón) aceptará una misión de rescate con la ayuda de la soldado McCoy (Amy Madigan), a quien conoce casualmente en un bar. El departamento de policía de la ciudad sin nombre donde ocurre la acción parece más bien la oficina del sheriff, éste encarnado en el oficial Ed Price (Richard Lawson), quien poco o nada puede hacer ante lo que va a devenir un choque frontal de trenes. La atmósfera es nocturna, dominada por neones, calles mojadas, humo y fuego; el medio de transporte son las motos o los Cadillacs rojos tomados en préstamo; la vestimenta, o bien el cuero, o bien esa gabardina de Cody que se parece demasiado al largo guardapolvos beige de los cowboys; y los rifles se llevan en mano como lo haría Wyatt Earp. Hill mezcla todo eso con un inconfundible background rockero, que por momentos remite, salvando las distancias y referido a distintas cosas, a Grease (1978) o American Graffiti (1973), y hará del rapto, la operación de rescate, y el duelo final entre Cody y Shaddock los tres momentos más intensos y más propios del western. La cinta debe aceptarse como es. No ha lugar a hacerse demasiadas preguntas respecto a su lógica interna. Diríase un musical sin serlo propiamente, con música de Ry Cooder y Jim Steinman entre otros, que conoció seguidores, un terreno mitómano puesto al día (de entonces) que buscó fascinar, pero que pese a sus cualidades, no triunfó del todo. Puede que Palin, algo blando como duro, y no lo suficientemente testosterónico, fuera una elección inadecuada.
Y eso es todo, hasta el 8 de junio.
Por: Ignasi Juliachs
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