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EN EL CINE MUCHAS VECES NOS TOPAMOS CON SORPRESAS INESPERADAS. PROMETHEUS ES UNA DE ESAS SORPRESAS.
Ridley Scott va camino de convertirse en el director más sobrevalorado de la historia del cine. Sus películas son de una impecable factura externa y de una superficialidad brillante, a prueba de bombas, pero el que esto escribe ha llegado a la fácil conclusión de que rascando bajo su fachada de grandilocuencia y mirando detenidamente (o no tanto) más allá de esa lustrosa mezcolanza de ideas pirotécnicas que uno cree conforman el cine del británico, podemos llegar a esto: en el cine del señor Scott no hay nada más allá de lo que se ve o se intuye, salvo, eso sí, muy honrosas excepciones que no necesitan ser citadas.
Sí, definitivamente Ridley no dista demasiado de su hermano Tony: los dos hermanos facturan productos vacíos donde importa más la causa de la narración convertida en acción que la narración de la psicología de los personajes. La diferencia: Ridley maneja mejores guiones y tiene un dominio más elegante del lenguaje cinematográfico. Por lo demás, lo dicho, si nos ponemos a analizar el cine de ambos veremos que tienen muchos puntos en común, más de lo que muchos creen. Dicho esto, soy consciente de que a partir de ahora un número importante de fans de Ridley Scott tendrán ganas de darme una paliza.
Y llegó la esperadísima "Prometheus", la que parecía sería la niña de los ojitos de su realizador, la película que devolvería a Scott al lugar desde donde se encumbró como maestro de la ciencia ficción. Un posible retorno del Scott a los orígenes de Alien hacía presagiar algo bueno, pero ese posible retorno se quedó en un superficial y muy tonto escarceo.
Adiós a la esperanza. El resultado: una película que se pierde en el vacío que ella misma genera, vacío convertido en pastiche que en un principio nos ofrece demasiado para terminar por no aportarnos nada.
¿Y dónde ha quedado entonces esa tan cacareada precuela? De momento quizás esté en la cabeza de algún guionista que estará dándole vueltas al tarro más de la cuenta. Ya se sabe: no es moco de pavo llevar a cabo la precuela de una de las mejores obras de la historia del cine.
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